martes 20 noviembre, 2018 - 6:23 pm

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El desafío del vino: cómo recuperar a los jóvenes en los tiempos del ‘gin tonic’ y la cerveza artesanal

 
Un tabernero sirve varios vasos de vino en Madrid, en 1935. SANTOS YUBERO

Hace medio siglo los españoles consumían vino común, de baja calidad, mezclado con gaseosa para hacerlo más bebible. No se le llamaba tinto de verano: era el tinto de todo el año. En un país aún muy agrario y pobre, con mucho trabajo manual, el vino era un complemento calórico necesario en la dieta diaria, pero no un placer. Los vinos de Jerez iban a parar a Inglaterra y los buenos vinos de Rioja, a las minorías burguesas de Bilbao, Madrid y Barcelona.

Con el desarrollismo subió el nivel de vida pero la gran mayoría no lo aprovechó para pasarse a vinos mejores y más caros porque no existía apego social a aquella bebida: se disparó el consumo de otras, como la cerveza o el popular whisky segoviano.

Hoy se consumen en España poco más de 15 litros por habitante y año, casi cuatro veces menos que en Francia y tres veces menos que en Portugal, nuestros dos vecinos. Algo inaudito en uno de los países con más larga historia vinícola. La pérdida del hábito de consumo ha sido mucho más fulminante que en cualquier otro país europeo porque se han añadido otras causas, justamente relacionadas con la debilidad de nuestra cultura del vino si la comparamos con la que existe en otros lugares.

Hay falta de cultura en los consumidores, que durante generaciones soportaron ese vino mediocre con gaseosa que abandonaron en cuanto pudieron, y falta de cultura de los productores, que no eran mayoritariamente, a diferencia de Francia o Italia, viticultores a la vez que bodegueros, con un contacto directo con la viña y sus tradiciones, sino cooperativas con fines sociales y no cualitativos, o grandes bodegas industriales (es su viejo nombre riojano) que en los últimos años del siglo XX, regidas por hombres de negocios generalmente muy desconocedores de esa cultura artesanal y ancestral, se dedicaron a hacer vinos tecnológicos, descompensados, pesados, duros, encaminados no al sencillo y sutil disfrute de su consumo, sino a arrancar altas puntuaciones de lejanos gurús americanos.

Mucho vino caro, mucha botella pesadota y ostentosa, mucho vino que exige un gran esfuerzo para tomarse una segunda copa porque es duro, tánico y poco amable. Encima, surgió una generación de sumilleres y divulgadores del vino que cultivó un lenguaje abstruso y pretencioso para describir el vino y su cata -la famosa vía retronasal– y convenció al público, particularmente el joven, de que eso del vino era algo bastante ininteligible para expertos y snobsMás aliciente para pasarse al cubata...

El más veterano escritor de vinos español, José Peñín, tiene una mejor opinión de aquellos vinos de hace 20 años, pero llega a una conclusión similar en torno a la caída del consumo: «No creo que sea casualidad que el mayor descenso coincide con la eclosión de la calidad en los 90 y primera década del presente siglo. Es posible que el consumidor rutinario de vinos de mesa reaccionó a la baja al comprobar la diferencia entre su vino de una calidad mediocre y los de DO, pero sin la suficiente madurez cultural para entender que un vino mejor tiene que ser más caro. Parte de este sector abandonó definitivamente el vino, escaldado por la baja calidad».

La cultura del vino se confunde muchas veces con algo más sencillo y básico, y sin duda más importante todavía: el amor por el vino, el gusto por la copa de tinto cenando con los amigos, el «no sé describirlos ni explicarlos, pero sé cuáles me gustan y cuáles no». El amor por el vino es el primer paso hacia la recuperación de la cultura del vino.

Cultura del vino la tiene quien, además de disfrutar de su copa, quiere saber algo más de su contenido y su origen (porque es consciente de que es un producto natural, agrícola, cuyas características dependen del suelo y el clima y la uva de los que ha nacido), tiene una cierta conciencia del papel del vino en el estilo de vida mediterráneo en cuya cultura se enmarca, y aprecia y comparte el sentido de la tradición, de la compañía y de la mesura que definen esa cultura.

La Administración ha ayudado poco, equiparando el vino con los destilados duros en algunas campañas antialcohólicas como la que promovió la ministra Elena Salgado en tiempos de Zapatero. Pero si se consume poco vino pero aumenta el alcoholismo está claro que el problema no es del vino.

La forma de paliar esta situación es empezar a dar acceso al vino a través de catas de vinos simpáticos, frutales, fáciles de beber, en varios marcos, incluido uno muy importante: la Universidad. Hace unos años un intento de hacerlo en la Complutense de Madrid fue desbaratado por su rectorado, con el peregrino pero revelador argumento de que «la universidad no está para fomentar el alcoholismo».

En líneas generales, la Administración no ha ayudado nada, y el sector es el que va a tener que asumir el desafío. Hay una nueva generación de bodegueros capaces de presentar etiquetas más simpáticas, menos intimidadoras: es un primer paso para normalizar el vino, y luego los más interesados ya irán avanzando hacia vinos más serios y ambiciosos. Eso sí: con vinos azules o de cannabis no se hace sino marear la perdiz.

Ahora vivimos un momento apasionante porque esa generación más joven de elaboradores y de consumidores, aunque aún sea minoritaria, ha vuelto los ojos a las mejores tradiciones (hay muchas malas costumbres disfrazadas de tradiciones también), que ha viajado a los lugares del mundo donde ese movimiento está más adelantado. En fin: ha sabido levantar la cabeza y la vista. Se empieza a hacer las casas por los cimientos y los vinos por las cepas. Y la gente va descubriendo que otro vino es posible. Y renace una cultura.

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